6.11.11

No siento la mano derecha.

Las cartas de los viejos amigos -algo así le estaba escribiendo a Alex - son como un género literario independiente; algo entre poesía, cuento, novela y nota periodística caduca en un diario de esos amarillentos.
  
"Me converti en trotamundos. Dejé el tabaco. Me divorcié dos veces. Me volví empresario. Tengo un hijo. Volví al psiquiátrico. Manejo una bici. Viví en Siberia. Nunca me casé".

(Yo siempre contesto con la misma frase, que nunca digo: "Todo sigue igual")

Son la lista de los recuerdos que nos faltaban y que no sabíamos que echábamos tanto de menos. Durante el tiempo que los guarda el olvido, los amigos abandonados se vuelven el personaje de una novela corta de lectura lenta, o de una película larga a cámara rápida. Su reencuentro es pura poesía, una consistencia ilógica, un acierto en un mal cálculo, una oración gramatical en el lenguaje secreto de Borges.
 
Y como ya escribí más de cuatro paginas seguiditas, enmenosdeveinteminutos, no siento la mano derecha.
 
 

Les debo la explicación de la foto de aquel día en el que no sabíamos a dónde escaparnos y solo decidimos quedarnos. Quedarse también es irse.
 

28.10.11

Namasteándole.


Y resulta que nosotros somos lo mejor que tenemos es nuestra posibilidad de viajar, de movernos sin destino alguno, de meditar, de ser nómades en esta tierra de itinerarios y programas turísticos.

Somos un camino a ningún lugar. Somos el viajero a la deriva. 
Somos el transeúnte en la batalla contra la inevitabilidad del reloj.

No hay tiempo, no hay espacio.

Todo es aquí, 
todo es ahora. 

G R A C I A S.

5.8.11

Alegoría de otro instante.

Cuando estoy feliz escribo considerablemente demasiado o considerablemente poco. A veces considerablemente cursi o a veces escribo nada más considerablemente. También cuando estoy feliz me dan ganas de hacer todas las cosas. Cuando estoy feliz camino ese río de calles y puentes, solo lo considerable, para asegurarme de que tú nunca vendrías. Cuando estoy feliz escribo cartas que nunca envío, planto flores que nunca crecen y canto cuentos que nadie entiende. Cuando estoy feliz me siento al borde de mi cama y tiendo mi brazo por encima de esos cuerpos que no habitan en ella, murmuro muy bajo hacia la nada solo para no hacerme notar de que yo soy muy feliz, tan considerablemente feliz. So long so long so long.

19.6.11

Dialéctica del amor según M. Wacquez

(...) La explicación más inmediata que se dio para mi enfermedad fue que estaba enamorado. Se buscó infructuosamente entre las muchachas conocidas alguna que pudiera ser la causa. Pero ya he dicho que aunque mi dolencia se relacionaba con el amor por el hecho de que tenían en común un objeto humano, no podría identificárselos porque uno, el amor, poseía esa única diferencia que hacía que sus individuos fueran víctimas y victimarios en un solo y mismo movimiento, que cada uno reconociera en sí mismo una carencia que no reconocía en el otro. El amor es el encuentro de dos seres imperfectos que creen mutuamente en las perfecciones del otro, lo que crea en cada cual situaciones sucesivas de desmedro y sobrevaloración. Esta dialéctica no se halla desprovista de violencia porque cuando los amantes imponen su ser lo hacen con una insólita crueldad de la cual gozan mutuamente, uno ejerciéndola, el otro padecíendola. Sin embargo, lo que a mí me ocurría iba más allá de todo eso (...)

En Mauricio Wacquez, "Frente A Un Hombre Armado", Montesinos, Barcelona, 1985, pp. 55-56

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En la foto, el cielo épico, según la terraza de Raúl.

2.6.11

¡Afrancesado Ilich!

Uno está bien equivocado cuando piensa que nadie vuelve de donde alguna vez estuvo. Ilich regresó la semana pasada y se trajo a Shakespeare en la maleta. Le pregunté que si después de un año y medio, extrañar el amor se convierte en un vicio, me respondió que después de un año y medio el vicio se convierte en amor. Entonces me reí, no sabía que tan imposible era pensar en una cosa como para poder realizarla y encima platicarla. Me platicó también que un día le robaron el aliento en el metro de Londres, le platiqué también que un día me robaron el corazón en el metro de la Ciudad de México. Lloramos.
Ay, los amigos.




 Foto del verano 2007 mientras Ilich sonreía y yo me cubría el alma.